Jorge Carrera Andrade: “Las cosas, o sea la vida”


Mas su vocación no es dejarse arrastrar por la oscuridad ni las simas. Siempre logra evadirlas con una sonrisa entre dolorosa y optimista...


La estudiosa Sara Vanegas Coveña (Cuenca, 1950), una de las voces más autorizadas de la crítica ecuatoriana actual, nos presenta el siguiente ensayo en torno a la poesía de Jorge Carrera Andrade, referente de la poesía del Ecuador.

(“Duerme una canción en todas las cosas,

Que sueñan y sueñan,
Y se levanta el mundo a cantar,
Si tú sólo encuentras la palabra mágica”
Trad. De Sara Vanégas Coveña)

Jorge Carrera Andrade es, probablemente, el poeta más conocido de Ecuador y uno de los más representativos de la Patria.

Con múltiples traducciones de poemas y poemarios, se revela como el poeta cosmopolita por excelencia, con una obra que gira, básicamente, alrededor del hombre y la naturaleza americanos.

Nacido en Quito, en 1903, el país se encuentra próximo a celebrar el primer centenario de su nacimiento, mediante un sin número de actos culturales.

A continuación esbozaremos una breve semblanza de este gran autor, patrono de uno de los más importantes Premios Nacionales de Poesía en Ecuador.

ENTORNO VITAL

Como ya anotamos, Carrera Andrade nace con el siglo XX. (“Nací en el siglo de la defunción de la rosa / cuando el motor ya había ahuyentado a los ángeles”). Un siglo que habría de manifestarse pleno de avances y contradicciones, de grandes invenciones técnicas, científicas, económicas, militares …

Al inicio de la centuria, América vive aún la euforia modernista, que no declinará sino prácticamente con la primera guerra mundial. En Ecuador, algo más tarde.

No está por demás insistir en la importancia que tuvo el Modernismo para la poesía de nuestros pueblos. Recordemos lo que al respecto escribe Federico de Onís:

El Modernismo –como el Renacimiento o el Romanticismo- es una época y no una escuela, y la unidad de esa época consistió en producir grandes poetas individuales, que cada uno se define por la unidad de su personalidad, y todos juntos por el hecho de haber iniciado una literatura independiente, de valor universal, que es principio y origen del gran desarrollo de la literatura hispano-americana posterior.

Ciertamente que el Modernismo y, en buena parte, el Postmodernismo -su postrera etapa- son de difícil definición, ya que están constituidos por estilos múltiples que van desde el Parnasianismo hasta el Simbolismo o el Romanticismo tardío; que insisten, por un lado en lo puramente estético y, por otro, en los misterios de la condición humana, su relación con el mundo.

A comienzos del siglo XX, la poesía se encuentra a caballo entre el Modernismo y las Vanguardias, circunstancia que le concede gran variedad y riqueza tanto formal como temática, pero también un cierto hibridismo, que no deja de aparecer a momentos conflictivo.

Refiriéndose a esta situación, la poeta ecuatoriana Aurora Estrada y Ayala (1902-1967) comenta: “Seguíamos escuchando con placer las músicas de Darío pero nos emocionaba hallar en la estatua marmórea de su jardín la palpitación de la carne viva”.

En Ecuador, en época de profundas transformaciones políticas, como fue aquella en que se gestaba el Postmodernismo, estaban sucediendo cosas trascendentes. Así, nos lo recuerda el crítico Hernán Rodríguez Castelo.

La Revolución Liberal, democratizadora de la enseñanza y propugnadora del progreso, daba sus frutos, a pesar de haberse quedado a medio camino en sus postulados de liberación popular. Una clase media más extensa y más consciente; un sector obrero agitado por ideas marxistas que recorrían de arriba abajo el continente; una naciente intelectualidad política de signo socialista habían dado caracteres críticos y hasta convulsos al vivir ecuatoriano de los años 20. Años fueron aquéllos en que el sociólogo se convirtió en el más importante ideólogo /:::/; en que los Partidos Políticos tradicionales renovaban sus idearios con postulados sociales /…/; en que obreros y campesinos tentaban sindicalizarse; en que nacía, con cuadros jóvenes y entusiastas, el Partido Socialista.

Uno de cuyos organizadores fue, precisamente, el joven Carrera Andrade, quien más tarde se desempeñará como Secretario General del Partido.

El compromiso político del poeta fue intenso pero breve. Impactado por la masacre obrera de 1922, en Guayaquil, proclamó consagrar esfuerzos a la defensa de los oprimidos, y hasta intentó fundar un nuevo partido político, cosa que, sin embargo, no prosperó.

De la misma manera, el compromiso social no hallará sino apenas eco en sus composiciones poéticas.

Carrera Andrade –al igual que Jorge Guillén en su Cántico- destierra de su obra, en lo posible, los aspectos oscuros de la existencia, refugiándose en vivencias personales, como una forma de evadir la dura realidad que le tocó vivir.

De esta manera, el poeta, fiel a su tarea de interpretar el mundo – ya no de transformarlo-, se dedica al canto emocionado, asimilando y explorando nuevas formas del decir lírico.

Uno de los rasgos típicos de su obra –y de la de sus coetáneos- es la fuerte importancia que atribuye a las cosas.

Nuestro autor comenta al respecto:

En el Romanticismo y en el Modernismo se concedió poco lugar a las cosas, y éstas servían sólo de ocasión para probar la maestría del lenguaje, efectuar juegos musicales o presentar la decoración de fondo del poema. Únicamente en la época moderna –para ser más precisos, después de la primera guerra mundial- se ha llevado a cabo tentativas más o menos felices para dar a las cosas el sitio que les corresponde en el mundo de la poesía.

Otros logros de los postmodernistas son, como sabemos, entre otros, el insistir en sus raíces americanas, y una actitud intimista signada por la búsqueda de lo universal y trascendente, tratando siempre de eludir el sentimentalismo de los románticos, tanto como el esteticismo de los modernistas. (Carrera Andrade se instala totalmente en esta línea)

Hay, por otro lado, una profunda idealización de todo lo sensual (Carrera Andrade es, básicamente, como veremos, un poeta visual).

En el aspecto formal, no descuidan la musicalidad propia de los adoradores del cisne, aunque se dieron a buscar -y encontrar- ritmos nuevos, basados en métricas y rimas distintas a las utilizadas hasta entonces. Entronizaron la metáfora como vehículo idóneo de la poesía (en esto Carrera Andrade es todo un maestro), al mismo tiempo que cultivaron con esmero epítetos brillantes, juegos aliterativos, paranomasias …

Rescataron el viejo verso alejandrino, continuaron con el eneasílabo modernista, volvieron a usar los pareados. E impusieron, en muchos casos, un desenfadado versolibrismo.

Al renunciar a la expresión grandilocuente y extremadamente artificiosa anterior, se concentran en los poderes intrínsecos de la lengua, en su redescubierta capacidad de evocación y sugerencia.

En ocasiones, sin embargo, sigue dominando en la poesía postmodernista, la creación más que la comunicación, como un rezago de la nunca superada teoría del arte por el arte.

SU OBRA: POETA DE LA LUZ

Jorge Carrera Andrade es, ante todo, reiteramos, el poeta de la mirada, el poeta de la luz. Él mismo lo corrobora, cuando declara: “La poesía no es solamente un trabajo de inteligencia sino una suma de impresiones recibidas por los sentidos y en donde la facultad visual tiene la supremacía”. (5)

Y descubre, enamorado, los más bellos secretos de la manzana, el eucalipto, la chirimoya, el aguacate; así como los del grillo, el asno, la luciérnaga o los pájaros; del avión, el aire, las olas o los astros. Seres a los que canta en composiciones de variada extensión, entre las que hemos de citar los bellos Microgramas, poemas muy breves, de estructura inspirada en los Hai Kais japoneses.

(Como es conocido, fue el mexicano Tablada quien introdujo este tipo de poesía en la literatura española, en 1920, con su libro Li Po y otros poemas)

Carrera Andrade comenta, al respecto: “Jamás había experimentado mayor embriaguez intelectual que en este trabajo de reducción de lo creado en pequeñas fórmulas poéticas/…/”

Gaviota: ceja de espuma
de la ola del silencio.
Pañuelo de los naufragios.
Jeroglífico del cielo

LAS COSAS

Pero su arte de mirar va más allá de captar las cosas, los seres en su apariencia, y quiere llegar a aprehender su esencia, tarea en la que se abre camino de mano de la metáfora, principalmente.

Su simbología se desenvuelve, básicamente, alrededor de la luz, el ojo, la ventana, los espejos. Así:

La tarde lanza su primera edición de golondrinas
anunciando la nueva política del tiempo,
la escasez de las espigas de la luz,
los navíos que salen a flote en los astilleros del cielo,
el almacén de sombras del poniente,
los motines y desórdenes del viento,
el cambio de domicilio de los pájaros,
la hora de apertura de los luceros.
(De Edición de la tarde)

La luz mira: existo. La luz mira
en torno mío todo hasta el guijarro
y cada árbol reafirma su existencia
por sus hojas sumisas que se bañan
en la total mirada de la altura.
(De Las armas de la luz)

Pero, si en una primera etapa de su obra, Carrera Andrade canta la hermosura de la creación, más tarde, en su madurez, luego de haber recorrido tantas geografías terrestres y espirituales – el poeta desempeñó importantes cargos diplomáticos en Francia (donde dirigió El Correo de la UNESCO), Inglaterra, Japón, Venezuela, Nicaragua ..-, su voz, sin renunciar del todo a este enamoramiento inicial de las cosas, adquiere nuevas profundidades, dando paso a la exigencia de incorporar su tierra al mundo:

Yo vengo de la tierra donde la chirimoya,
talega de brocado, con su envoltura impide
que gotee el dulzor de su nieve redonda,
y donde el aguacate de verde piel pulida
en su clausura oval, en secreto elabora
su substancia de flores, de venas y de climas.
(De Lugar de origen)

Así como a la necesaria solidaridad entre los humanos:
Yo soy el habitante de las piedras
sin memoria, con sed de sombra verde;
yo soy el ciudadano de cien pueblos
y de las prodigiosas Capitales,
el Hombre Planetario,
tripulante de todas las ventanas
de la Tierra aturdida de motores.
Soy el hombre de Tokyo, que se nutre
de bambú y pecesillos;
el minero de Europa,
hermano de la noche;
el labrador del Congo y de la arena,
el pescador de ostiones polinesio,
soy el indio de América, el mestizo,
el amarillo, el negro,
y soy los demás hombres del planeta.
(De Hombre planetario)

Al amor:

Tu cuerpo es templo de oro
catedral de amor
en donde entro de hinojos.
Esplendor entrevisto
de la verdad sin velos:
¡qué profusión de lirios!
(De Cuerpo de la amante)

Y aun a la angustia, la soledad, la presencia del abismo …:
Estaba cerrado el número del guijarro y la nube,
Sellada la alcancía de memorias y de años,
El saco de las cosas bien atado y sin rótulo.
Yo había para siempre extraviado la llave
de la almeja, la luna y la toronja
y eran vanas las señas de un tenaz dios de espuma
mostrándome su oráculo en la arena
(De Mundo con llave)


Entonces aparecen en su obra nuevos símbolos, como son la espuma (fugacidad, falta de consistencia), la llave (anhelo de llegar al secreto íntimo de las cosas) …

Mas su vocación no es dejarse arrastrar por la oscuridad ni las simas. Siempre logra evadirlas con una sonrisa entre dolorosa y optimista, como en estas líneas, que nos recuerdan el inmortal soneto de Quevedo*:

Fui una sombra en el muro,
pero una sombra de árbol
constelado de frutos.
(De Sombra en el muro)

Porque, como asegura José Olivio Jiménez en su Antología de la Poesía Hispanoamericana Contemporánea 1914-1970, “Lo original de su visión poética /:::/ radica en la entereza de su esfuerzo por encontrar un asidero de salvación frente a la angustia, y en su voluntad de restablecer la rota unión del hombre con la naturaleza”.

* Nos referimos a Amor constante más allá de la muerte.

Fuente: circulodepoesia.com


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